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Texto: Morphart

Ilustración: Morphart

No hubo dramas. No hubo llantos o gritos, tampoco golpes a las almohadas. Solo hubo una gata que se acercó a él y le pasó la lengua carrasposa por la cara como quien da un beso de esos que duelen por alguna razón. Era temprano en la mañana cuando su instinto, ese que por tantos años había ignorado le gritó al oído advirtiéndole que sería el día en el que intentarían matarlo. ¿Estaba listo para mirar a la muerte a los ojos otra vez si es que los tenía aún? No respondió ni siquiera en su cabeza. Se paró de la cama, se bañó. Se afeitó la cabeza y la barba. Se puso la ropa pero decidió quedarse en medias para evadir el impulso de salir huyendo de su destino.

La muerte por otra parte, no se había bañado cuando tocó a la puerta. Llegó con el olor a cama y el pelo revuelto. Era raro pues según los libros, la parca siempre fue una dama a la hora de maquillarse y vestirse. La oz fue la primera que encontró. Ni siquiera en ese detalle se fijó. El perfume se le había evaporado mezclado en las minúsculas gotas de sudor que se le aferraban al cuello.

A él le dio rabia. No porque viniera la muerte a buscarle, no. La ira lo consumía por que había venido en semejante facha a visitarlo y por que su muerte, si es que moría, sería la más simplona, aburrida y tonta. Él, pensaba que su vida hasta ese instante había sido magnifica y llena de aventuras. Tenía sabores, colores, olores, recuerdos, dolores, alegrías. Sí su vida era así, su muerte no podría ser menos.

El timbre sonó. La puerta sonó. Al tic tac del reloj se le subió el volumen súbitamente. Los computadores se encendieron. Las ventanas silbaron como llanero a sus caballos. El celular se enloqueció. La gata se escondió entre sus piernas. El viento sopló y ahí estaba la muerte, parada frente a los pies de la cama como quien ruega atención.

-Hola-. Dijo ella.

-Buenos días-. Dijo él.

-Vine por que quiero hablar contigo-. Dijo muy parca la parca.

-Ha llegado el momento de que acabe esto. No estoy dispuesta a seguir siendo esa que viene a visitarte mientras tú te dedicas a trabajar. No estoy dispuesta a gastar mi tiempo de muerta en esta tonta tarea. Yo la verdad quiero conocer otros países, irme a Irlanda por ejemplo o pasar un día en un spa y la peluquería y no tener que pensar en buscarte. Es que no soporto tantos colores y dibujos en las paredes, tampoco que te guste el aguacate. Al menos dime que sigue sin gustarte el tomate. Y las tintas, esas son para pintar, ¿por qué un tatuaje? No me gustan los tatuajes. Y nadie de mi familia te conoce, y estás con barba y el pelo me gusta más corto. En serio, no puedes seguir tomando Coca Cola. ¿Chocolatina? ¿Qué quieres, volverte un cerdo gordo y grasoso? Se te cae el pelo, ¿ya hiciste algo? ¿a qué se debe que esa gata salte tanto? Por favor, necesito paciencia. Esto se acabó, mis motivos son claros, fuertes, ya los sabes. No va más. Se acaba. ¿Tienes café?

-¿Estás segura de al menos una cosa de lo que estás diciendo?- él.

Hubo un silencio. Largo. Él seguía atento. Al fin, ella tomó aire y de forma dolorosamente lenta comenzó a abrir la boca para pronunciar lo que se suponía era una sentencia.

-Pues si, eeee, me refiero a esto de ignorarte, de ignorarme, de que nos ignoremos. Estoy segura, claro. Es que todo está claro, en serio, es obvio, ¿ves?, no nos entendemos, en serio ¿cómo puedes no entender nada de lo que te dije? Es evidente-. Comenzó mientras se aclaraba la garganta.

– Yo de verdad creo que no, no, no sé podríamos ir a tomar un café sin embargo, digo, un café después de todo esto o la verdad, creo también sería interesante saber un poco más de ti, ¿Te gusta el café cierto?. De seguro hay muchas cosas de las que podríamos hablar, por ejemplo, ¿Qué es de tu vida?, ¿Quieres hablar? Te pregunto pues a veces es complicado hablar contigo.- Ella.

-Tal vez incluso pues podríamos hablar de los planes que tienes a futuro o de las cosas que te gustan. ¿Te gusta el cine?¿Y si hacemos un asado?¿Tienes Whatsapp? Veo que te gustan los animales. A mi no realmente y menos los gatos, siento que saben más de mi de lo que yo quisiera. Condenada la hora en que decidí darles más de una vida, claro, ahora resulta que se las saben todas los animalitos.- Ella, otra vez.

Él solo la miraba. Era difícil entender que la muerte dudara. Más aún, era complejo entender el asunto de que la muerte fuese después de tantos miles de años, una criatura tan absurda. Es decir, de seguro en el mundo no hay nada más complicado que quitar la vida de otro y esta señora, estaba ahí, parada dudando sobre qué tema debía tocar, o cómo abordar a ese hombre que de a poco comenzaba a desesperarse ya. Decía de todo y a la vez nada. Una vomitada de líneas aprendidas con los años.

La gata, que había presenciado desde el regazo de él todo el absurdo derrotero de excusas puestas en escena, salió curiosa de un salto y fue a parar en la falda de la muerte. Ronroneando comenzó a dar vueltas alrededor de los tobillos. De vez en cuando un maullido que se confundía con los gritos de la muerte que estaba aterrorizada a tal punto que, de poder morirse, habría pedido fuese por un infarto fulminante. Con el pie trataba de alejarla pero la gata, con más ganas jugaba. Morder los dedos de los pies era un placer que ella no había aprendido a controlar. Tampoco había manera, era un gato nada más.

Aburrido del show, se paró de la cama. De verdad, la escena era tonta, parecía sacada de un cuento de escritor aficionado. No tenía ningún sentido. Tomó un papel y un lápiz, elementos comunes en su espacio. Comenzó a escribir en medio de un gran bostezo de aburrición. De verdad, si era el día de morirse, esta era de lejos, la forma más estúpida de hacerlo. La muerte dudando. Faltaba más. Cogió a la gata, cruzó las piernas y la acomodó en el hueco que se le hizo entre el regazo y las rodillas. Comenzó a dibujarse haciendo muecas, y un paisaje y un perro y el mar y aves y gente caminando en la dirección contraria. Aquí estaba él. Luego de años de pensar en la muerte, sentado dibujando de forma despectiva cualquier cosa sobre un papel. Ahí estaba, retando a la muerte sin necesidad de hacer deportes extremos o demás cosas “salidas de lo común”. Mirando sin mirar como hasta la muerte se volvió cobarde ante sus ojos.

Miró a la muerte a los ojos, que si los tenía. Eran color habano y se vio reflejado en ellos tal como lo hacía hace muchos años. Tantos años. Tantos años desde aquel día en el que ella decidió ser muerte y a él, por llevarle la contraria, le tocó ser vida. Recordó cuando le hacía el amor y ninguno era vida o muerte. Eran solo un algo de piernas enredadas, pieles mezcladas y una habitación en la que hacía mucho calor. Recordó que esa muerte muerta que estaba frente a él, algún día le sonrió cerca de la boca y que fue ese día que se sintió enamorado. Recordó algo que escribió Fernando del Paso sentado en su casa una tarde y se sintió de nuevo identificado como aquella mañana en que, con un jugo de naranja en la mano, leyó: “Hacíamos el amor compulsivamente. Lo hacíamos deliberadamente. Lo hacíamos espontáneamente. Pero sobre todo, hacíamos el amor diariamente. O en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles, hacíamos el amor invariablemente. Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el amor igualmente. Por últimos los domingos hacíamos el amor religiosamente (…) Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a natura. O de noche con la luz encendida, mientras los zancudos ejecutaban una danza cenital alrededor del foco. O de día con los ojos cerrados. O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia. O viceversa. Contentos, felices, dolientes, amargados. Con remordimientos y sin sentido. Con sueño y con frío. Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida, y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente. Para envidia de nuestros amigos y enemigos, hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente. Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente. Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente. Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente. Y, sobre todo, hacíamos el amor físicamente. También lo hicimos de pie y cantando, de rodillas y rezando, acostados y soñando. Y sobre todo, y por simple razón de que yo lo quería así y ella también, hacíamos el amor voluntariamente”.

Y la muerte seguía ahí, como muerta del susto pues la gata la miraba fijamente como si fuera un juguete gigante. Esperaba ansiosa el próximo movimiento del pie para morder el dedo. Quién diría, ahí la muerte mirando, sin musitar palabra. Parada, simplona e indecisa. Tal vez pensando en querer estar viva y el otro, lápiz en mano, habiendo querido estar muerto.

-Creo que, mejor me voy. En realidad, no sé a qué vine. Lo siento, creo que esta vez también fue demasiado tarde. Llegué tarde. Pensé que había llegado la hora, tú hora, pero no. Ni siquiera en eso coincidimos. Te dejo, te dejo vivo y tal vez, algún día yo viva y tu mueras o los dos al menos volvamos a coincidir en el camino-. Dijo la muerte mientras temblorosa se iba.

La gata, miró a los dedos alejarse. Por enésima vez ella lo había dejado vivo con la esperanza de que algún día ella tuviese los pantalones suficientes para afrontar sus decisiones de una vez por todas. Eso de irse lo había hecho ya y la verdad a estas alturas a él ya debería darle igual. Aún no aprendía sin embargo. Era un libreto repetido eso de irse cuando no tenía nada que decir. Un libreto como de perro que se sabe un par de trucos. Un par de excusas insulsas tal vez, pero no más que eso. Él, entonces se puso los zapatos y besó a la gata en el espacio que tienen ellos entre una oreja y otra. Se puso de pie, abrió la puerta y salió a caminar. En un parque, se dejó caer dormido para siempre aunque sospechaba llegaría el día en que despertase. Ya el dinosaurio no estaría allí, ni la muerte ni tampoco sus juguetes o los amigos de la infancia. Pero llegaría el día.

Así fue. Despertó y se dio cuenta que el para siempre, era siempre demasiado corto. Así entonces, al otro día, comenzó a vivir de nuevo.

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