una carta de despedida

Texto: Carolina Calle

Ilustración: Morphart

Todos tuvieron el mismo presagio cuando vieron el sobre sellado tirado en el piso. Intuyeron que era una carta de renuncia y que Federico no volvería más, que esa silla que ocupó por tanto tiempo quedaría vacía hasta que otro melancólico se uniera al grupo de apoyo.

Los asistentes decidieron por común acuerdo y por intriga colectiva abrir primero el contenido de ese sobrecito  antes de que cada uno tomara la palabra durante esa tarde de bochorno y de bocinas estridentes que retumbaban en el vidrio de la ventana. Ninguno sospechó que por culpa de esas letras, esa sería la última vez que se vieran.

El más antiguo solía empezar por lo de siempre.

-Me llamo Reinaldo y soy melancólico –decía con una mano empuñada que reposaba sobre su mejilla izquierda.

-Hola Reinaldo- respondían en coro.

Todos los presentes sufrían de esa “tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada”. Así definió el diccionario a la melancolía. En la sala de esa casa prestada la describieron como una desazón crónica, un desánimo del carajo o una pereza del putas.

La reunión duraba dos horas cada martes y cada jueves. Hacían una rueda con las sillas y el paisaje era el de siempre: sentimientos encontrados, lágrimas asomadas, voces desganadas y miradas perdidas.

El de las pestañas crespas creía que su desaliento era por la falta de café. Meses atrás, empezó un tratamiento para blanquear sus dientes  y suspendió el ritual de cada mañana de tomarse esos sorbos negros que solían dejarlo vigoroso.

La de las ojeras permanentes pensaba que de un tiempo para acá cuando su periodo menstrual  se acercaba su sonrisa se desdibujaba del rostro. El problema lo detectó cuando la menstruación se fue y un halo de nostalgia se quedó para siempre.

La del lunar peludo le echaba la culpa a los cambios de la luna. Creía que siempre en cuarto menguante quedaba cabizbaja  y sin brillo. Lo que no se explicaba era por qué si la luna cambiaba de fase su desánimo quedaba en la misma parte.

El de barba despoblada hablaba de la alineación de los planetas. De la era regida por Saturno y de la temporada lúgubre  que se avecinaba para los nacidos en las penúltimas décadas del siglo XX.

La del copete torcido evocaba la Cuaresma, la época de cambio y reconocimiento de culpas. Creyó que su aburrimiento pasaría en la Pascua  con el advenimiento de la luz y la resurrección de Cristo. Pasó Semana Santa, Navidad  y el desdén por la vida siguió igual.

El ausente de ese día se tardó varios meses para reconocer que tenía un látigo invisible en sus manos. Federico se prohibía a sí mismo el abrazo y la caricia, su corazón era una caja fuerte donde coleccionaba palabras preciosas que nunca usaba. Cuando le preguntaban cuál era la causa de su melancolía siempre  decía la misma frase: “en esta ciudad no pasa nada”.

“Hola, soy Federico y era melancólico”, decía la primera línea de la carta que Reinaldo comenzó a leer en voz alta. Ninguno esperaba un texto largo que se extendiera en detalles. Todos sabían cuán parco era el compañero y aún así se sorprendieron porque había más de tres líneas escritas a mano.

“No volveré… por fin pasó algo…”, decía la segunda frase que les alzó las cejas. Con la tercera línea, todos se sonrieron: “conocí a alguien”. Ya no era el mismo Federico, ese que escribió era un Federico enamorado.

Ninguno ocultó el suspiro pero nadie habló de esa envidia de la buena que los antojó de salir de esa casa de viciosos, de ese espiral de historias inconclusas en el que se les iba el tiempo y no llegaban a nada.

“Posdata: ojalá hasta nunca”, remató la carta del desertor. Esas letras se encargaron de disociar el grupo. Hasta ese día los demás le echaron la culpa al tinto, a las hormonas, al horóscopo, a la luna, a Dios, a esas excusas que les servían para evadir sus verdades.

Nunca se despidieron ni hablaron del tema, no reconocieron en público que la soledad era la causa primera de esa melancolía anónima y que la tristeza se les había convertido en un mal hábito.

A partir de ese día todos invirtieron las tardes de los martes y jueves en el azar. Salieron del encierro de sus casas  y de sus adictas soledades a permitirle a la vida que les presentara algo o a alguien. Todos añoraron el momento en que el amor volviera a darles un nombre y se volviera costumbre.

 

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