un romance con el sol

Texto: Carolina Calle Vallejo

Ilustración: Morphart

-No sabía el porqué, pero sí intuía que por algo al sol siempre lo quise cerca. Y hace un rato lo descubrí. Toda mi vida lo busqué, lo perseguí, ahí, justo donde todos le huían a sus rayitos, en la ventanilla del bus, en la esquinita del salón de clase, en el corredor del colegio, en la puntita de mi cama y en el tapete de mi casa.

Creía que tenía mi temperatura corporal más bajita que la del resto. Quizá la presión desnivelada, un desajuste hormonal o la sangre fría. Yo qué sé. Pero no. Estuve equivocada todo el tiempo.

Ahorita, estaba acostada sobre la hierba. De repente comencé a sentir unas caricias perpendiculares que me llegaban del cielo. Sí, como si el sol me tocara toda, en cada parte, como si me entregara todo, por partes. Tenía los ojos cerrados y de la nada necesité abrirlos. Me urgía mirarlo. Era el mediodía y lo tenía al frente. Entonces, ahí estaba y sus rayos por primera vez en mi vida no me encandilaron, era como si su resplandor se hubiera atenuado y le sostuve la mirada como a la luna, como a una estrella, como a cualquier persona.

Hubo algo que rompió la barrera, el temor, el hechizo, el abismo, lo que fuere que siempre me impidió verlo. Sentí una fascinación irresistible, como si fuera imposible e irrefrenable despegar mi mirada. Como si aquel astro fuera un ojo que justo en ese instante me permitió solo a mí lo que a nadie, mirarlo, fijamente, detenidamente, sensualmente, amorosamente.

Y… lo comprendí todo. Sin voces, sin imágenes, sin que nadie me lo contara, solamente mi corazón rebobinó su memoria y empezó a recordar. Lo reconocí. Hace muchos siglos, en el principio de los tiempos quizás, el sol no era la estrella más grande ni era la luz, ni hacía parte del día, era parte de mí. Era como yo, era una persona con sombra. Era mi pareja, éramos dos.

Nuestro amor era ilimitado, infinito. Y nos queríamos tanto, tanto, pero tanto, tanto, que nos amábamos sobre todas las cosas. Incluso más que a Dios aunque fuera pecado. El primer mandamiento nos lo prohibía y a Dios había que amarlo sobre todas las cosas, más que a nosotros mismos. Y ese alguien y yo lo desafiamos porque el amor nos sobrepasaba, nos desbordaba.

Así que llegó el castigo. Y no era tan sencillo, era de esos vitalicios, de los eternos que no se deshacen ni con la muerte. Dios sabía que lo nuestro era tan poderoso, tan fuerte, que aunque nos apartara, en cualquier otra vida, de una u otra manera nos íbamos a reencontrar.

Nos separó con estrategia para que nunca, a pesar del tiempo, de las reencarnaciones, de cualquier circunstancia, nunca pudiéramos siquiera mirarnos. A él lo convirtió en sol y a mí me dejó en la tierra.

Y a él le tocó alumbrar al universo, sin privilegios, no al que quisiera sino a todos por igual y sin descanso. Lo obligó a esconderse en la noche para que solo supiera de mí la mitad del tiempo. Lo condenó a verme pasar, vida a vida, cuerpo a cuerpo, presintiéndolo, intuyéndolo, amándolo, pero sin certezas, sin comprender que nuestro amor tenía historia.

Sentí tanta tristeza al saber que habían pasado tantos años, tantos siglos para reconocerlo, para entender que nos separaron, que fuimos juntos… y quién sabe si esto se me olvide y en un rato jamás vuelva a recordarlo.

En fin… ¿a vos cómo te fue en tu viaje?

-No tan bien como a vos.

-¿Por qué? ¿Vos cuántos te comiste?

-Diez y un tallito. ¿Será que comí más honguitos de la cuenta?

-Jmm, no sé, verdad, ¿por qué te estás rascando tanto por allá?

-Ojalá fuera solo por allá, la piquiña es en todas partes

-¿Y qué será? ¿Por qué estás llena de ronchas?

-Parce, es que yo me conecté fue con la tierra…

-¿Y qué tiene de malo?

-Pues vos siquiera tuviste un romance en el cielo…lo mío fue un ajetreo…

-Ja, ¿cómo así? ¿Con qué alucinaste?

-Terminé creyéndome hormiga y entrando dizque a una orgía en aquel hormiguero…

 

 

 

 

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