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Ushuaia, fin del mundo, principio de todo

Por: Morphart

Teo.

Esta carta va dirigida a alguien que nunca aprendió a leer pues era un perro pero también, ha sido desde que lo conocí, el gran amor de mi vida. A cinco años de su muerte, a un mes de yo haber salido de casa… para ti mi gran amigo eterno, desde el fin del mundo. Teo x siempre.

“The freedom and simple beauty is just too good to pass up” Into the Wild (movie, 2007)

Salimos de noche aún desde Puerto Natales con dirección a Punta Arenas, última ciudad de Chile en donde buscaríamos un bus cuya promesa sería llevarnos nada menos que al fin del mundo. No recuerdo el momento en el que dije que vendría al fin del mundo, es más no recuerdo haberlo pensado y ahora es mi destino, nuestro destino.

En la ventana las montañas, la nieve, el hielo, los azules y cafés pasan veloces. Siempre me han gustado las ventanas, es como si fuesen marcos y destacaran las postales que por los vidrios se ven. Andar por estos paisajes es como andar en una colección de postales que además, subieron la calidad cuando el sol, muy tímidamente comenzó a subir sobre los nevados picos. Tú que más parecías un niño, atento alternabas la mirada entre el paisaje y mis reacciones.

A un lado del bus, hubo unos segundos dónde aún era de noche y en el otro, unos naranjas, morados y rojos pintaban las montañas. ¿Esto tendrá algún lugar medianamente feo? Ladraste. Es un -no-. Estoy muy cansado, se me cierran los ojos, pero al mismo tiempo no quiero dormir por miedo a perderme algo maravilloso por el camino. Debo aprender a medir esta situación, de otra manera voy a morir de sueño en cualquier momento. Caí profundo.

Llegada a Punta Arenas. El frío es aún más frío. Al parecer aquí hasta eso tiene niveles. Una bahía preciosa, adornada por buques cargueros de colores y olor a pescado y mar. No tengo hostal reservado, no hay terminal de buses aquí. Cada compañía te lleva a su oficina, unas más alejadas que otras. El viaje además se me hizo largo pues, en la subida a Torres del Paine, perdí un iPod y el cargador. Me queda un iPod pero no puedo darle energía, esto sin música no sé si es igual. Extraño mis bandas sonoras. Estoy seguro que buscar hostal será largo y me siento en un pequeño balcón de un edificio, al menos se ve seco. Una gaviota se posa a mi lado y no sé si te ve, lentamente comienza a caminar a dónde estoy yo. Gira su cabeza, me mira, gira la cabeza al otro lado. No son tan chicas después de todo, no recordaba su tamaño. Parece que quiere preguntarme por una dirección pero creo que vio las maletas, vio que éramos turistas, perdió el interés y se fue o al menos es lo que los demás vieron pues, en realidad fue que saliste a perseguirla.

Estaremos por unas horas apenas en este lugar, así que mejor meterse a cualquier sitio para guardar las maletas y poder salir a conocer. Entrada a un albergue. Esta vez nada bonito o que valga la pena rescatar. A la calle. Batiendo la cola, ladrando, saltando como siempre, fuiste el primero en salir a armar “quilombo” en los charcos que la nieve había dejado. Es impresionante que aún recuerde tu sonrisa mi amigo.

Y la plaza me recordó esos pueblos de navidad que mi mamá hace en época en diciembre. Esos que siempre temí tu destrozaras batiendo cola y que nunca dañaste. Los árboles blancos a medias, como intentando sacudirse de la nieve; niños jugando y corriendo y sus padres riendo detrás; casitas tipo ingles con techos triangulares, altas iglesias; hombres de nieve ocultos tras los jardines; un aire puro, liviano, a pesar del frío que aquí me puedo recuperar el daño que el aire de Santiago causó en mis pulmones pues tristemente me tocó sin lluvia y muy contaminado.

Hora de almuerzo. Cuentan las malas lenguas que aquí se come la mejor centolla del mundo. La forma más fresca de comerla es en el mercado local. Caminando por la costanera, viendo este mar, sigo pensando que no me creo eso de estar cumpliendo este cometido. Es fascinante vivir un sueño y pensar que estás soñando. La centolla, estaba deliciosa, tanto que opté por comerla también en empanada. Tiene sabor, no es simple y su textura es suave. Me encantó. Hora de volver al centro, ocho cuadras a pie mas o menos. Bajando por la calle Rocca que queda junto a la plaza, comenzamos a buscar la placa que nos daría la pista y nos llevaría al Kiosco Rocca, una institución gastronómica que no podíamos dejar pasar ya estando aquí.

En el Kiosco Rocca se come solamente choripan o choriqueso y se acompaña con leche de plátano. El precio es casi simbólico, así que me gustó más. Resulta que este sitio fue hecho aproximadamente por una cuarta generación de colonos. El calculo se hace pues la ciudad tiene ciento cuarenta y seis años y el local, ochenta. Todo este tiempo, vendiendo los mismos productos, con el mismo pan, la misma receta, atendido siempre por su propietario. Se ganaron además el premio a la mejor “picada” de Chile. Yo entré buscando carne y no, resulta que en Chile, picada también es un lugar tradicional en el que se reúnen generalmente las mismas personas, a comer lo mismo y aunque hay gente de paso, es un centro de encuentro para “los mismos de siempre”. La comida me gustó. Entender cómo su sencillez hace de este sitio algo tan complejo, requirió de las historias de una amable local que supo decirme que hoy a sus cincuenta años, podía decir con certeza que al lugar venía desde los cuatro años, sin cambios y que lograr justamente eso, una receta que por generaciones no variara, era lo que había hecho de este sitio, lo que era. Bastante rica la comida y la leche de plátano quise embotellarla para el camino.

Para finalizar el día, quiero intentar enterrar de una vez esta idea de muerte que me dejó todo lo que pasó en Santiago y el sentirme enfermo en Lima. Son esos momentos dónde la vida “cómoda” te juega malas pasadas en la cabeza y te tienta a volver a lo de siempre, a dónde te cuidan, a dónde no tienes que mover un dedo para que todo sea tal cual lo conoces. Uno de los “must do” dicen aquí, es el cementerio. Apuntamos la brújula en esa dirección, y a caminar.

El cementerio está adornado con grande arboles redondeados, que así, cubiertos de nieve parecen dulces gigantes. Los mausoleos son de las familias fundadoras y sus detalles son tan exquisitos como uno quiera imaginarlo. Hay tumbas desde 1880, al menos las que el camino me dejó ver. Busqué un sitio solitario. Me aparté de ti. Abrí un hueco en la nieve y me permití llorar un rato.

Ya llevo un mes lejos de casa. Hoy mientras escribo esto, se hace un mes de estar lejos de casa. Me encanta esto que estoy haciendo, pero el precio de estar lejos, también pasa factura. He visto cosas tan impactantes, tan maravillosas, tan absolutamente increíbles, que no dejo de recordar esa frase de una película dónde alguien, haciendo algo muy parecido a lo que yo, dice que a veces, al extrañar lo que amas mientras viajas, se pierde la gracia pues, algunas veces, la felicidad es solo real cuando la compartes. Tengo mi diario, mi bitácora y este blog, te tengo a ti. No sé si alguien viaje aún conmigo así sea entre letras. Luego una sonrisa, por que sé que volveré a casa. Quizás al camino le queden meses por andarse pero, con cada día que pasa también se hace más mi casa esto de no tener casa. Tapé el hueco, te pusiste en pie, ladraste como siempre para subirme el animo, hundiste tu cabeza ente mis rodillas, con ese gesto extraordinario que me transmitía un -anda, todo estará bien-. Sonreí al notar que ese momento de recogimiento me había regalado otra cosa que no imaginé nunca ver: una lagrima congelada.

Tomamos el bus luego de hacer un pequeño mercado para el camino. Mucho más barato comer así. Entramos a Argentina recibidos por zorros que merodeaban la zona en busca de comida claro está que corrieron despavoridos al ver tu tamaño. Luego de los trámites de ingreso a este nuevo país, de regreso al bus por otro rato. Las horas pasan y los paisajes se hacen más planos. De a poco se va agotando la cordillera de los Andes. Suena en mi cabeza Calle 13 y su “la espina dorsal del planeta, es mi cordillera”. Y es que la siento mía. En Colombia acaba y la he recorrido ya toda. -Estamos juntos en el fin del mundo-, decías y yo pensaba cuántas veces he oído a gente hacerse promesas de amor y otras cosas hasta justo, ese punto al que ahora nos dirigimos. El calor, se sentía agradable por la calefacción.

Durante la búsqueda del hostal que me recomendaron, conocimos a un español. Un madrileño de esos que hablan como en las películas o que suena igual a cuando alguien copia el acento ibérico. Resultó que buscábamos el mismo lugar así que, como si nos conociéramos de toda la vida, arrancamos a caminar juntos.

Sé que ya he escrito “el lugar más increíble que he visto”, pero, este es el lugar más increíble que he visto. Parado en la nieve, con lo que apenas se ve del glaciar Martial, con una bahía impresionante abajo, los barcos de colores también contrastando contra los incontables azules del mar, las montañas nevadas de fondo y una suave nieve cayendo, es como estar viviendo una película. La gente camina con Alaskan malamuts en la calle y parece que aquí los lobos son mascotas. Otros hacen snowboard o ski. Rafa, el español y yo, sin pedirlo simplemente ante la magnitud de la vista, quedamos en silencio. Las montañas hablan, es todo lo que sé. Y la nieve allá arriba era diferente a la que ya conocía. Aquí es muy muy final y no es pulida, es como despeinada, más parecida a un cristal. En la ciudad en cambio, era nieve congelada, así, como suena, nieve hecha hielo. Las montañas hablan, el viento y el silencio dicen mucho estando allá arriba.

La caminada en el Parque Nacional, terminó por llevarnos al último destino. Aquí estamos, en el final de la ruta 3 en Argentina. Se unieron al plan dos francesas. Dos personajes de esos que aprendes a querer al instante, dos niñas que como si fuéramos amigos de toda la vida, se unieron con rafa para sacarnos sonrisas, jugar contigo, hacer angelitos en la nieve, tomar fotos, compartir un chocolate caliente bajo un árbol que parecía sostener pedazos del cielo que se habían caído la noche anterior. Aquí estamos Teo, lo más austral del continente. Me senté, en la nieve, sin importar el frío mientras tu saltabas en la nieve de sesenta centimetros y vi, justo el punto donde la cordillera muere, justo el punto dónde el océano Pacífico se abraza con el Atlantico. Llegamos al fin del mundo mi amigo. Aquí tenemos a los pulmones respirando azul clarito. Hoy cumplo un mes de haber salido de casa y tú estás a cuatro días de cumplir cinco años de haberte ido de este mundo y aquí estás conmigo, en el fin del mundo.

Fueron muchas las horas de bus para llegar hasta aquí. Hubo tiempo para pensar y luego repensar lo pensado pero lo logramos. El punto más al sur, el lugar dónde muere la mayor cadena montañosa del mundo, el punto dónde se unen los océanos más grandes, el punto dónde compruebo rodeado de nuevos amigos que se sienten para mucho rato presentes, que tu amistad, como nos lo prometimos, será para siempre por que en la Tierra del Fuego entiendes, está el fin del mundo y el principio de todo.

Te vuelves a despedir, batiendo la cola, sonriendo. Te extraño mi gran amigo, espero que dónde estés, todo esté bien y que el paseo por estas frías tierras, te haya gustado.

Teo x siempre

Lugar: Ushuaia

Cómo llegar: Hay vuelos directos desde Buenos Aires. Por tierra desde Punta Arenas, hay buses directos con escala en Río Grande USD/ 47.00

Tiempo: Por carretera aproximadamente 15 horas

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